Caritas tristes

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Por Matías Angulo – La imagen que está al inicio de esta nota, surgió de los ingenuos trazos de mi hija, Candelaria. Tiene ocho años, va a 3º grado. Me entregó ayer, lunes, este dibujo hecho con lapicera y me dijo que representaba “la tristeza de los niños que no tienen clases”. Cuando lo vi, tuve la tentación de decirle que lo rehiciera, que corrigiera la palabra “claces”. A qué padre, en el fondo, no le da un poco de vergüenza mostrar algo escrito por su hija con un error de ortografía.

Sin embargo, superé esa vergüenza inicial. Me prefiguré que el dibujo y la frase son un síntoma cabal de lo que está pasando con nuestros niños. Con la educación de nuestros hijos.

Las caritas tristes de esos dos alumnos aparecen dentro del perímetro de una escuela con una faja de clausura. Sí, como los locales comerciales que venden bebidas alcohólicas fuera del horario permitido. La escuela pública, para mi hija de 8 años, se ha transformado en un boliche transgresor, en un local que viola las leyes en vigencia, en un emprendimiento inhabilitado por la autoridad competente.

¡Nada más cierto!

Nada más brutal.

Pero esta historia no termina allí. Mi hijo, Valentín, que va a 1º grado, tuvo Semana del Estudiante propia: apenas un día de clase, de los tres previstos para la semana del 22 al 26 de septiembre. Mientras los secundarios hacían de las suyas, ayudados por una insípida resolución ministerial dictada por una insípida gestión educativa, los primarios también eran “beneficiados” con dos días sin actividad, debiendo asistir sólo tres días a la escuela. ¿Y entonces por qué mi hijo tuvo un solo día de clases? Su maestra tomó parte médico porque debía operarse y desde el Ministerio de Educación no le habían designado reemplazante. Además de aquella forzada “semana del estudiante” –o, mejor dicho, semana del ignorante- mi hijo estuvo casi otra semana sin clases porque el desgobierno educativo de Jujuy no nombraba reemplazante.

Una mezcla de impotencia y bronca estuvo a punto de generar un cóctel explosivo. Pero primó la resignación, frente a esta ilustrísima mediocridad que detenta la escuela pública jujeña.

Sin embargo, hubo un tercer episodio que, en rigor, es el disparador de esta nota. Hace poco, mi hija menor, Amparito, salió triste del jardín. Su maestra, posiblemente influenciada por la pedagogía “bancaria” e ideas competitivas, le estampó en la mano una carita triste. Argumentó que la niña no se quedaba quieta. No voy a tratar de analizar las caritas felices/tristes con las que ahora se premia/castiga a los chicos. Para mí, sencillamente, esas caritas representan el fracaso educativo del sistema y una permanente transferencia de culpas de ese mismo sistema a los niños, que, además de los enormes problemas que viven en sus hogares (si es que los tienen), son sellados, marcados, es decir, estigmatizados por una estructura educativa que hoy pare docentes hartos, desahuciados, empobrecidos.

Al entregarnos a nuestra hija “marcada”, nos anunciaron muy sueltos de cuerpo que los próximos dos días no habría clases: el lunes 6, por “jornada institucional” y el martes 7 por “asueto” por el día de la Virgen. Entre otras reacciones, mi esposa le preguntó a la maestra qué opinaría ella si le dibujáramos una gran carita triste en el rostro: claro, nos entregaban marcada a nuestra hija por supuesta inconducta y a la par la castigaban a ella y a todo el establecimiento con menos días de clases. Para quienes valoramos la educación, este fue un nuevo insulto de las autoridades escolares, de las autoridades educativas y de las autoridades gubernamentales.

Es algo fuerte que te toquen la piel de un hijo, es algo fuerte la discriminación. Sobre todo en un lugar tan caro a nuestros sentimientos como la escuela.

Pero más fuerte es que abusen de toda una generación.

Durante las frenéticas luchas sindicales de los 90, cuando los estatales cobraban con atrasos de tres meses, mi viejo nos decía que uno de los debates permanentes en el gremio de ADEP era sobre cómo hallar una medida de fuerza que reemplazara a los paros en las escuelas. Pasaron más de 20 años. Mi hermana mayor, yo, todos mis hermanos menores, fuimos más o menos víctimas del sistema educativo provincial. Alfredito Angulo intentó mejorar el mundo que vivíamos desde su trinchera gremial. Aunque este gobierno siguió cagándose en la escuela pública y los gremios docentes aún no hallaron una medida de fuerza alternativa e igual de contundente que la huelga, en nosotros quedó una semilla puesta por Angulo padre, cuyo nombre –dentro de pocas semanas- será impuesto en vida a una calle de la ciudad de Luján, Buenos Aires, donde empezó su carrera gremial. Lo esperan viejos compañeros de lucha y abrazos nuevos.

Aquella semilla germinó, la planta creció, fue podada y se robusteció. Hoy estamos en 2014 y la realidad es muy parecida a los 90, con la diferencia de que hoy unos pocos son millonarios y muchísimos son aún más pobres.

Sin dudas, es tiempo de luchar.

Porque desde hace años nos vienen rayando, marcando, dibujándonos en el rostro esos humillantes estigmas que pretenden hacernos creer que no valemos nada, que no podemos cambiar, que no somos capaces, mientras nos empujan a la barbarie que luego se encargan de denigrar, denunciar y condenar, como si tuviesen las manos limpias, como si de sus ropas no saliera ese olor nauseabundo a corrupción. Hace años, con sus políticas, vienen burlándose de todos nosotros, discriminándonos por supuesta inconducta, cuando los verdaderos facinerosos son ellos, cuando al verdadero descalabro lo originaron ellos y ellos deberían tener marcadas sus huellas digitales con tinta china, negra, esa tinta de la comisaría más próxima a su domicilio.

Opresores, avaros, abusadores, por siempre mentirosos, inescrupulosos a más no poder.

Ellos saben que, con suerte, los chicos que asisten a escuelas públicas de Jujuy, desde el jueves 3 de abril (día de inicio del ciclo lectivo en la provincia) tuvieron unos tres meses de clases en lo que va de 2014, si descontamos paros de docentes, paros de porteros, jornadas institucionales, feriados, asuetos, fiesta del estudiante y una infinidad de motivos adicionales para cercenar al pueblo el derecho a educarse.

Ni qué hablar de los otros derechos cercenados a nuestra niñez. Por ejemplo, el derecho a hacer deporte. La ministra de Desarrollo Social de Jujuy, con una sumisión al poder digna de mejor causa, clausuró la Escuela de Gimnasia Artística ubicada en Alto Comedero. Así, luego de privar de clases a nuestros hijos, los dejaron sin la posibilidad de practicar una disciplina deportiva.

¡Caraduras! ¡Sinvergüenzas!

¡Lleven ustedes las marcas, los estigmas, la culpa que quieren poner sobre nuestros hijos!

¡Y sufran ustedes las consecuencias!

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Un comentario

  1. Excelente Matias, excelente..no hay mas que aumentar es lo que esta sucediendo a nuestros hijos, nietos en este Jujuy de hipocresías , de mitomanos que camina por nuestras calles con total impunidad…

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